
A las faldas de la montaña, los Alucheros reposaron sus aventuras, y mientras abandonan la población famosa por sus galletas, sus piernas van llenándose de cuestas. Poco a poco, lentamente con la parsimonia en la que te sumergen los promontorios, su vegetación y sus aldeas; entramos en la montaña palentina.
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Salimos del camping y con las legañas todavía poblándonos los ojos llegamos a Aguilar de Campo. Aguilar que da nombre a la comarca es la puerta a la montaña palentina, allá quedaron los campos de cereales que surcaban monótonos las llanuras, se nos presentan tierras de bosques, de aldeas que se prestan a un retiro espiritual y de un terreno que ya se empina.
Nos detuvimos en Aguilar del Campo, para poder disfrutar de algunas de sus joyas arquitectónicas. La villa fue declarada conjunto Histórico – Artístico en 1986, y padece el mal de muchos de nuestro pueblos , la presencia constante del automóvil. Esa costumbre tan extendida en los tiempos actuales de sustituir las piernas por el automóvil, de recorrer hasta el más minúsculo tramo a bordo de un vehículo, dificulta al viajero sobre dos ruedas, un deleite completo y perfecto de la magnífica Plaza de España, que emerge en el medio del casco urbano de este pueblo.
En el extremo oriental tenemos la Colegiata de San Miguel de esbelta figura y composición variada, naciendo en el románico y siendo ampliada posteriormente. Son pocos los vestigios románicos que en ella encontramos, pero si sois amantes de las tallas, os recomendamos que no os perdáis las dos piezas que allí se conservan, la del Cristo de Santa Cecilia y la Virgen de Grijera.
Nuestra segunda visita en Aguilar del Campo, era el Monasterio de Santa Maria la real, un poco alejado del pueblo, y al que se accede a través de un paseo que recorre las márgenes del rio Pisuerga. Edificio cuidadosamente restaurado, nos ofrece un magnifico claustro con una interesante sala capitular.
No dejamos de recorrer el resto de las instancias, con la premura que el tiempo nos marca, el sol está en todo lo alto y apenas hemos hecho algunos kilómetros.
Después de hacer acopio de algo de comida para poder adentrarnos en la montañas palentinas, sin el riesgo de no encontrarnos algo que echarnos a la boca, partimos de Aguilar de Campo por la P-220 dirección a Barruelo de Santullan. Nuestra sorpresa fue que nos encontramos con un carril bici que nos acompañaría por parte de nuestro recorrido.
A unos 10 kilometros de Aguilar nos paramos en Cillamayor, para visitar la Iglesia de Santa Maria la Real. Lo más destacable es su ábside , dividido en tres paños con ventanas de medio punto y sus canecillos bien conservados y con múltiples figuraciones.
Continuamos por nuestro camino hacia el próximo pueblo Revilla de Santullán. Allí nos espera la Iglesia de San Cornelio y San Cipriano, sin duda la gran visita del día. Buscamos al paisano para que nos enseñara el templo. El hombre de avanzada edad repetía con pasión el discurso tantas veces repetido sobre la belleza de la portada de la Iglesia, y a su vez castigaba con una fina vara el capitel de la portada. Un capitel que se hallaba protegido de las inclemencias del tiempo por una falsa puerta; y no le protegía solamente de los vientos, sino también como nos recordó el anciano de las manos sigilosas de algún expoliador de arte.
Partimos hacia el este conscientes del privilegio de haber visitado una de las referencias más importantes del románico palentino. El terreno se iba empinando entre las siluetas aun tenues de la cercana montaña. Una carretera estrecha y bella, adornada de valles y poblada por algunas aldeas, nos sumerge en el camino en busca de nuestra última visita en Villanueva de la Torre.
Una torre situada en el extremo oriental de la Iglesia de Santa Marina pone el apellido del pueblo donde llegamos. Son muchas las Villas nuevas que nos encontramos por la orografía de nuestro país, pero no hay ninguna que nos presente este magnífico ejemplo del románico, sobre una colina que se asienta a las afueras del pueblo.
Subimos por la empinada vereda, ya sin las bicis que permanecen expectantes junto a la pared de la última casa, y nos acompaña nuestra guía, una venerable mujer de largas frases y merecida paciencia.
La cabecera y la torre pertenecen al periodo románico, y es desde esta última desde donde podemos otear la profundidad del valle, y donde nuestra vista alcanza parte de la comarca de Aguilar de Campo.
Nos despedimos de un grupo de paisanos, después de participar en su tertulia vespertina, nos fuimos con la información suficiente para desear emprender el camino, y poco a poco zigzagueando sobre el Pisuerga, llegamos a uno de los pueblos de sus orillas: Rueda de Pisuerga.
Allí por fin nos encontramos con un bar, y la cena nos pareció un festín después de nuestro almuerzo de pan, sardinas y tomate.
Dormimos bajo el pórtico de una vieja iglesia, deteriorada por el tiempo y junto al pequeño cementerio del pueblo. Sin duda nuestras animas descansaron tranquilas por esta cerca del sacrosanto. Otra cosa fue la imaginación de los Alucheros, que se perdió entre estrellas , humos y viejas historias. |